
La selección española está en la final, y como ya es costumbre en este país cuando el deporte nos corona en lo más alto, millones de aficionados pintaron sus caras, lucieron sus equipamientos y ondearon sus banderas adquiridas en el todo a cien chino. Banderas que han engalanado los balcones de infinidad de hogares, coloreando de patriotismo todas y cada una de las localidades de esta extensa piel de toro. Cuando España gana un partido de fútbol nada más trasciende, no hay ni paro ni reforma laboral, solamente el fervor de una afición que se siente orgullosa de sus colores y de su venerada bandera, las calles se convierten en algo parecido a una manifestación del 20-N y apoyar a los huelguistas del país vasco o a los trabajadores del metro de Madrid carece de toda importancia cuando “la Roja” se bate en el terreno de juego, la lucha de la clase trabajadora pasa a un segundo plano, siendo David Villa la principal prioridad de las acaloradas masas.
Como sucede cuando corre Alonso o cuando juega Nadal, un mundial o una eurocopa se convierten en la excusa perfecta para despertar al español que todo aficionado lleva dentro. Defiende tus colores, apoya a la roja y otras frases que se gritan desde el televisor para que de sus bocas salgan vítores que abogan por todo menos por el espíritu deportivo, avivando una pasión tanto irracional como artificial hacia su patria, la vanagloria de pertenecer a una nación que los marca cual ganado con la bandera nacional. ¿Y qué hay de malo en animar a un equipo de fútbol? A simple vista no tiene nada de malo sentarse en una terraza o en el salón de tu casa a ver un partido, como tampoco hay nada de malo en ir a la iglesia a rezar o en pasarse ocho horas delante del televisor, a nadie se perjudica y todo el mundo está contento, Bisbal y Shakira cantan y el agobio de no poder pagar la hipoteca se convierte por un rato en el regocijo de sentirse “orgulloso de ser español”.
- Kevin Laden -
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