jueves, 20 de septiembre de 2012

RÉQUIEM POR LA MUERTE DE UN TRAIDOR



”El color morado de una bandera no merece otra guerra civil”.
- Santiago Carrillo -


Es imposible refutar el destacable papel histórico que jugó Santiago Carrillo dentro del movimiento comunista español, sería un grave error negar la importancia de sus años en el exilio y de su etapa como miembro y dirigente del PCE, así como su significativa pluma apaciguadora durante la transición, que supuso el entendimiento entre los asesinos de la democracia y sus ensangrentadas víctimas, a las que nadie, ni siquiera Don Santiago, preguntó si estaban dispuestas a perdonar a quienes las enterraron. Por todo esto es por lo que, quien hoy llora la muerte del histórico dirigente es, sobretodo, la oligarquía española. Si hablamos de su posición dentro del comunismo en España, podríamos decir que se dedicó a liquidarlo casi desde el principio, transformando un partido de vanguardia que fue clave para la movilización de la clase obrera, en una comunidad estéril que en nada hacía honor a sus ya mancilladas siglas, y que no pudo más que fraccionarse o seguir acatando y abrazarse a la todavía joven Europa del capital.

Ya durante la dictadura es de sobra conocido por muchos el abandono que sufrieron muchísimos miembros del Partido por una buena parte del Buró Político en el que Carrillo ya iba subiendo escalones. Camaradas que estaban siendo misteriosamente detenidos en masa y que se mantuvieron íntegros, cayendo de forma heroica en las manos del enemigo mientras en un dorado exilio, eran olvidados por Santi y compañía. Se habla de informes que ponían de relieve la sospecha de que podía haber agentes de la policía franquista infiltrados en su aparato, informes que fueron continuamente silenciados por éste y su entorno. Algo siempre olió a podrido alrededor del recién fallecido. Pero la máscara de revolucionario terminó de despegarse del todo de su rostro durante los inolvidables años de la transición.



Entre tanto las movilizaciones en las calles enardecían el crepúsculo que había visto estallar a Carrero Blanco, sacrificar a Salvador Puich Antich, morir al dictador golpista entubado en una cama o el tiroteo indiscriminado de Atocha, y que ahora iba a ver amanecer un nuevo y modélico período democrático, nuestro Iscariote de gafas de pasta regresaba del exilio y compartía el humo de sus ducados con ratas como ManuelFraga, Felipe González o Adolfo Suárez, y se arrodillaba ante cualquiera de las condiciones que le habían sido impuestas desde el gobierno de éste último. No tardaríamos pues, en encontrarnos a un PCE recién legalizado, pero poco tenían de qué alegrarse los verdaderos comunistas, los militantes auténticos, aquellos que habían dedicado años y años a un Partido que acababa de renunciar a los fundamentos leninistas y a la república como modelos políticos, que aceptaba con gusto los colores de la bandera oficial del estado, así como las bases militares extranjeras que en él se asentarían. Según los carrillistas, Santiago “hizo lo que pudo” y no es fácil hablar de aquella época desde el desconocimiento, sin haber estado allí. Otros creemos que, más que lo que se pudo, se hizo lo que convenía a quienes iban a tener la poltrona bien calentita y con la forma ya amoldada de sus aventajados traseros.



Cierto es que Madrid resistió tres años los bombardeos de los fascistas, pero el Partido Comunista de España no pudo resistir que le desgarraran las entrañas de un modo tan ruin. Acababa de nacer una democracia llena de malformaciones, un armatoste construido sobre las tumbas de decenas de miles de hombres y mujeres que jamás se hubiesen conformado con “hacer lo que podían”, y que por eso se dejaron la vida en la batalla. Desamparados quedaron unos ancianos que ya se habían percatado de qué iba todo aquello, así como unos jóvenes que crecían y estaban empezando a creer en un ideal. Carrillo fue el proxeneta que vistió de noche y sacó a lucirse en una esquina a la esperanza de la clase trabajadora, para que la oligarquía y sus nuevos intereses la penetraran por todos sus orificios. Razón de sobra tiene hoy la clase política para agradecerle su contribución a que nada se torciera, a que todo fluyese por los cauces correctos. ¿Cómo iba a quedar todo atado y bien atado con un partido comunista férreo y con capacidad de sobra para movilizar a las masas y crear en ellas una conciencia de clase? Es imposible refutar el destacable papel histórico que jugó Santiago Carrillo dentro del movimiento comunista español, de eso no hay duda.

- Kevin Laden -

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